viernes, 23 de septiembre de 2011

IX

Cuando llegué, estaban todos ya sentados. Mirando a la nada, con los ojos fijos en ese punto que no puedo ver nunca. Las manos apoyadas en la mesa, y por boca una línea dura como de papel de lija.
En el centro de la mesa, el vacío se extendía, blanco. Silencioso y brillante, tan ineludible como el invierno. Desde que tengo uso de razón ese vacío está ahí, pero con el tiempo he aprendido a pasar los ojos por encima sin detenerme en los detalles.
Me senté a la mesa con una sonrisa en la boca. Por si algún día funciona, y basta con eso para llenar este horrible hueco blanco.
Pero no, nunca se cierra del todo.
En vista de esto, abrí la boca y empecé a hablar de lo que sucede de corazón para fuera.

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