martes, 6 de marzo de 2012

XVI

Me corroe la duda, casi tanto como el miedo. Echo a andar y siento que cada paso que doy es inútil si no lo empleo en acercarme a ti. Me tiemblan las piernas cada vez que me acuerdo de tu boca en mi oreja. Diga lo que diga te descubro en lo más profundo de cada pensamiento o deseo, y no consigo echarte de ahí. 
Es una lucha que sé que tengo perdida, que no he podido librar, y en la que me veo perdida, vulnerable.
Así que intento sacar un poco de cordura de alguna parte pequeña de mi cabeza que aún se da cuenta de lo que pasa, y se resiste a ver cómo me dejaría hacer y deshacer sin condiciones con oírte pronunciar mi nombre. Atar, desatar, apretar más fuerte. Venga. Espárceme en miles de trocitos, ya no me apetece conocer nada que no sea tu nombre en cada idioma de este mundo. Impídeme pensar, déjame abandonarme. Métete en mí como el peor de los venenos, no salgas nunca, destrózame las neuronas. Ríete de mí cuando caiga. Ríete de mí siempre. Haz lo que quieras conmigo. ¿Lo ves? Estoy a punto de llegar al momento sin retorno. Al momento en el que me tiro al abismo. A todos los abismos, si me los enseñas tú.